11 de noviembre de 2010

Creo que las cerillas queman

Inexplicablemente me da miedo la penumbra y no la oscuridad, me da miedo estar al espíritu titilante de una vela que agoniza, pues más allá del halo de su luz no se ve lo que puede haber. Y no es que me sienta como un niño cuando no puede dormir, y su mente recurre a esos monstruos que le van a tocar los pies por debajo de la cama, pero que si se tapa la cabeza jamás podrán tocarle. Y es que en la vida, nuestro camino se extiende entre penumbras, y portamos una vela apunto de consumirse cuya cera nos abrasa instantáneamente los dedos recordándonos que para que no se apague tenemos que proteger su dubitativa llama; y al igual que el niño tembloroso ,(como la llama), y empapado en sudor frío producido por esas ilusiones bombardeantes e incesantes construidas por su propia mente para recordarle que aún es un niño; nosotros "grandes" y adultos tenemos monstruos que se esconden en la razón y la luz de nuestra mísera llama no llega a disipar. Quizás, tapemos demasiado la llama para no saber, y le llamamos protegernos; o quizás la luz sólo viaja en vertical y horizontal, olvidándose de las diagonales porque le da pereza cruzar el espacio sino es con exactitud (con lo maravillosa que es la incoherencia cuando se hace inexacta y me recuerda que el abismo sólo es una piscina llena de sirope de chocolate); o quizás nos guste generar paradojas en nuestra cabeza y jugar a ser niños construyendo monstruos de personas "grandes", cuanto daño ha hecho la verdad que la obligaron a esconderse.


Por eso creo que aún me dan miedo los monstruos, y que no dejo los pies al aire, y me tapo la cabeza. Quizás no quiera ser "grande" y prefiera saber que los monstruos de debajo de mi cama se van si enciendes mi luz.

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