16 de junio de 2010

Comienzos: Principios inestables.

Recordáis cuando nacisteis, esa sensación a nuevo que te impactaba en los sentidos dejándotelos saturados. El primer destello de luz, el primer sonido ininteligible que llegó a ti, el frío existencial que se inicia con la vida y acaba con la llegada de la cultura; e inevitablemente el primer llanto y el primer grito. Pues así es mi experiencia ante vosotros, cauta y desorientada experiencia.

Creo, asumo y me lo creo, que no debo lacerar mi alma con los cuchillos oxidados del pasado, que debo escribir (pues así siento que estoy vivo) sobre las cosas que aún están en mi vida y dejar de nombrar aquellas que no. Me veo capaz, poco a poco recobro las ganas, la necesidad, el deseo de volver a escribir. Y sí, lo haré.

Y no sé como se encaminaré esto, si alguien lo leer o no, pero simplemente escribiendo me siento a gusto. A gusto conmigo y con aquello que me rodea y no puedo tocar, aquello que se escapa al control de mi propia razón, mis propios contradictorios sentimientos.

Como todos los días se levantó y puso el café. Inconscientemente entró al baño y se aseó, la rutina. Al otro lado de la pared la cafetera crepitó con sonidos huecos y alterados, y él fue hacia la cocina. El café sabía a mar, y a noches de luna llena, sabía a nostalgia y en última instancia sabía salado, ya que él, sin pretenderlo, dejó caer tres lagrimas de antiguo mar salado.

Salió a la terraza y se sentó mirando el colage de tejados de apagados tonos y se puso a escribir:

  • De las brumas salió tu imagen, distorsionada por la niebla y distorsionada por mis dioptrías. Avanzaste entre vaho y bufandas, ibas mirando el suelo que como luego me dirías es lo que se debe mirar cuando no hay ganas de mirar el mundo, e impactaste contra mí. Todavía lo recuerdo, aquel paseo en el puerto fue distinto; chocaste fuerte pero sin apenas tocarme, yo retrocedí, y tú por la tercera ley de Newton hiciste lo mismo. En ese momento supe que éramos iguales, las mismas fuerzas enfrentadas.Y me miraste. Y tu mirada abrasó la niebla evaporando las gotas que separaban mi cara de la tuya hasta prender mis ojos, que quedaron iluminados. Entonces sabia, más que nunca, que desearía pasear mañana otra vez pero….

Se levantó, no podía seguir escribiendo. Cogió las gafas de sol y su tristeza y se echo a la calle en dirección al puerto para pasear. Son las 8:35.

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