Hacienda, ese lugar misterioso y lejano del que todos hablan entre Marzo y Junio, y que alguna vez en la vida nos toca pisar. Ese momento llegó para mí.
No me creeréis pero estaba nervioso (me volvía a hacer mayor, como cuando te atas los cordones por primera vez; o como cuando consigues escalar la montaña de escombros del descampado de tu barrio, igual me sentía en ese momento). Así que llegué me deje registrar y me senté a la espera de mi número (Z-161).
Me gustó la experiencia, no tanto de esperar, sino de imaginar la vida de la gente que allí se me exponía.
-Quizás estaban allí sólo para entretenerme- pensé yo. Cosa poco probable, pero quien me lo iba a discutir. Y como os digo, fue fantástico, miles y miles de anónimas personas entrelazándose entre sí en un vals sin música y con una coreografía asumida, perfecta y no practicada que no hacía movernos por la inercia lógica de la burocracia. Había gente de todo tipo, diseñadores gráficos, señoras con maridos al cual detestaban pero habían firmado su sentencia de muerte allá por el 73 y no había vuelta atrás, había uno que me miraba, había funcionarios (estos no daban mucho juego a mi imaginación), había hasta un marinero y una bailarina retirada que en sus tiempos de juventud lleno el Moulin Rouge pero no aguanto el éxito y se tuvo que venir a Madrid a criar tulipanes en la Calle Arenal (aunque después de configurar su vida me di cuenta que no sé dónde iba, la pobre mujer a cultivar tulipanes en esa calle).
Pasé una hora allí entre gente desconocida, y se me fue volando. Quizás cuando me aburra me de una vuelta por Hacienda...
(Por cierto, ya soy uno más para el Estado. Ya he declarado.)
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