Recuerda alma caída, pasos penitentes por el camino de la vida, que tú te impusiste la condena. Tú triste mortal, sangrante y sensible a las emociones, no puedes evitar llorar lagrimas de piezas nacaradas porque te equivocaste. Tras el ocaso, verás tu figura desmembrada, tu ojos opacos y tu esencia volatilizada. Y querrás alcanzar con tu mano mortecina el halo de luz que evite mis oscura desdicha.
Es el fuego que prende la nada, aquel que arde en el vacío. Donde no existe el oxigeno.
Y entonces, ardes... Pero mi centellas no inician la mecha de tu perdición. Estás en el infierno y por eso ardes, y yo miro desde a 3 metros como lo haces, estoy en el paraíso.
<<"Polvos" somos y en polvo nos convertiremos... Que el viento me lleve cuando no pueda caminar.>>
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