25 de septiembre de 2012

Caminaba lento, pesado. Casi Otoño.

Cuando salió del portal el otoño le sorprendió en las narices, un ambiente ventoso se había instalado en la ciudad. Según iba caminando hacia su casa el viento le cortaba la cara; era un aire sutil pero se empeñaba en entrar por sus fosas nasales para ser respirado, en cada inhalación producía una sensación de quemazón a la altura de ojos y posteriormente un mordisco en el pulmón izquierdo cerca del corazón. Él andaba, no se detenía. Sólo portaba en su mano derecha una bolsita de papel, de esas típicas que dan en las tiendas de ropa, con sus “defectos” personales y en la otra mano una entrada para la soledad de su vida. Él seguía caminando, y no miraba atrás. El viento, con una intensidad algo más recia golpeaba su cara. No podía pensar, él siempre dejaba las cosas para pensarlas en casa, con calma, con tranquilidad. El suelo de Sevilla, inmensamente llano, se le hacía una cuesta arriba difícil de subir. Le temblaban las rodillas, a cada paso le temblaba las rodillas. Pero él no paraba, seguía andando. Cuando quiso darse cuenta estaba en su puerta, al cruzar el umbral sabía que no habría vuelta atrás. Al cruzar ese umbral, estaba obligado a perderle, a olvidar a Jorge. Difícilmente pudo sujetarse la mano derecha con la izquierda para poder encajar la llave en la cerradura. Difícilmente pudo contener las dos gotas de tibia pena que estallaron contra el mármol del portal. Difícilmente entró en el rellano que le llevaba, tras subir unas escaleras, a la casa donde se crió. Difícilmente, Pablo, abrió la puerta de la casa de sus padres y penetro en la estancia para encontrarse con su madre.
Y cuando vio a su madre sentada mirándole con extrañeza le dijo: Cuando nacemos nos enseñan el dolor; cuando nos duele, lloramos. Y cuando ya no lloramos, es que estamos muertos. Mamá, ya no me duele. Él ha hecho que no me duela. Creo que he muerto de amor.
"Que sea cierto el jamás, o cállate..."

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